El Realismo fue golpeado permanentemente por los contextos
históricos de cada país alrededor del mundo, donde los escritores involucrados
envuelven sus historias en las crudas realidades que pasaba la sociedad.
Entonces, ¿por qué Tolstoi y Twain muestran además un lado puro e inocente?
EN RUSIA
La evolución
del siglo XIX, con ciertos vaivenes, había ido acercando a la mayoría de los
países independientes europeos hacia un Estado de derecho más o menos perfecto,
en el que las decisiones del gobierno y la burocracia tendían a estar sujetas
al derecho objetivo y, por tanto, aseguraban la legalidad de las medidas de la
autoridad, y en el que las libertades previamente fijadas dejaban claro cual
era el ámbito donde cada individuo podía actuar según su decisión.
Lo que caracteriza el régimen ruso es el deseo de mantener
a todo trance el dominio personal y arbitrario del zar sobre todo el Imperio.
De este dominio emanaba la autoridad que recaía sobre los rusos, como sociedad
e individualmente. La arbitrariedad del zar se comunicaba a los grados
inferiores de la jerarquía burocrática hasta llegar al último. A pesar de la
etapa de reformas, que se van a dar en algunos años, lo que predomina sigue
siendo esta idea y eso explica los retrocesos del sistema político que sufre
Rusia en los años finales del siglo XIX y principios del XX.
El absolutismo en Rusia fue incomparablemente mayor que en
otros Estados europeos. La historia de Rusia en el siglo XIX fue en gran medida
la historia de sus zares.
En las decisiones ilegales de un monarca o un funcionario,
un europeo de la época lo que veía era una arbitrariedad. En Rusia, la ley. La
arbitrariedad del zar, o de quien él permitía, era la única ley. Rusia pudo
utilizar del occidente europeo la técnica, el sistema económico, los avances
administrativos o hasta las reformas sociales, pero la concepción del derecho y
de la ley siguió siendo en Rusia fundamentalmente distinta.
Pese a todos sus errores la burocracia del Estado ruso
realizó un trabajo ingente que consiguió abarcar económica y
administrativamente la sexta parte de la Tierra, creó orden e introdujo durante
el siglo XIX los avances del mundo occidental adaptándolos a Rusia.
Tras la derrota rusa en la guerra de Crimea (1853-1856), la
petición de renovación se convierte en una necesidad. Alejandro II (1855-1881)
va a iniciar una política de reformas. En 1858 va a emancipar a los siervos de
la Corona (hasta entonces había servidumbre de la gleba) y en 1861 todos los
rusos serán legalmente libres. Ésta fue, sin lugar a dudas, la principal y
trascendental reforma que le valió el título de Zar libertador, pero no la
única.
Alejandro II (1855-1881), sucesor de Nicolás I, inició una
política liberalizadora, concediendo mayor libertad a la Iglesia católica
polaca y a las universidades rusas. Disminuyó la censura de libros, permitiendo
la difusión de muchos que habían estado prohibidos, y concedió una amnistía en
el momento de su coronación. Una de sus reformas más importantes fue la
emancipación de los siervos en 1861, para lo que tuvo que vencer la oposición
de los terratenientes y de la mayoría de sus ministros.
Alejandro II interpretó el poder absoluto con una mayor
condescendencia para las libertades fácticas de sus súbditos. Se impulsó la
enseñanza y se concedieron derechos de administración autónoma a la
Universidad. Se redujo la censura de prensa (1863), aunque ésta siguió sin ser
libre.
Él reformó también la administración de la justicia,
introduciendo los juicios con jurados y las audiencias públicas, aunque no se
llegó a aplicar en todas las regiones, debido, en parte, a la falta de abogados
con una mínima preparación jurídica.
Las reformas de Alejandro II potenciaron el desarrollo de
los zemstvos o asambleas aldeanas de gran importancia por su labor sanitaria y
educativa, que tendrían un carácter más comunal que en otros países europeos.
A pesar de estas importantes modificaciones, o quizás
porque se hicieron estas reformas, la oposición no dejó de crecer en Rusia.
Había un malestar en la nueva burguesía (especialmente la dedicada a
actividades comerciales), que veía la imposibilidad de una vía occidental al
liberalismo. La represión zarista a estos grupos hizo que muchos de ellos se
integrasen en organizaciones en contra del sistema y otros adoptasen actitudes
más radicales.
El nacionalismo en el Imperio zarista había tenido especial
virulencia hasta los años sesenta del siglo XIX y volverá a tenerla durante las
primeras décadas del XX. Durante el período 1870-1900, estuvo soterrado y
reprimido aunque, de formas diversas, se manifestó especialmente en algunas
zonas del Imperio: Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Caucasia,
Armenia, Tartaria y Georgia.
Este camino fue seguido por el sucesor Nicolás II
(1894-1917), con el agravante de intentar una rusificación de los grupos
nacionales, lo que provocó revueltas en Finlandia, Polonia, Ucrania y Países
Bálticos (1896).
Las clases medias nacionalistas se organizaron
políticamente en el Partido Nacional Demócrata, fundado en 1897, liderado por
Juan Poplawski y Román Dmowski.
Las huelgas de la década de los noventa tuvieron un
carácter más profesional que político. La imagen del proletariado como portador
de la ideología revolucionaria tal como la alimentaban los teóricos marxistas
tardó en llegar. La represión, de momento, era más eficaz que la organización
obrera y la dirección de los socialdemócratas estaba en la cárcel o en el
exilio. La movilización proletaria y política, dirigida por los diversos
sectores socialdemócratas, es un fenómeno en Rusia más propio del siglo XX que
del siglo XIX.
Se puede observar un proceso original de cambio, real en
algunos aspectos y casi inexistente en otros, lo cual produce un desajuste
notorio. La debilidad de la burguesía
fue lo que convirtió a Rusia en negocio para los capitales extranjeros y
obligó al Estado a convertirse en superempresario.
Por otra parte, al tiempo de las transformaciones no se
acomete una modernización global del Estado, entre otras cosas el paso de una
autocracia a una democracia constitucional auténtica.
Las explicaciones económicas y sociales han puesto de
relieve algunos de los factores originales de la historia de la Rusia zarista
de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero éstas no
arrumbaban las interpretaciones políticas y de los cambios o permanencias de
las mentalidades.
La clave de las revoluciones del siglo XX debe buscarse en
la paradoja de un país, como Rusia, que sólo cambia en algunos aspectos. La
revolución que terminó con el zarismo para establecer una nueva autocracia,
demostró que la modernización no podía acometerse sólo en ciertos campos.
EN INGLATERRA
A finales de
la década de 1630, un caballero inglés llamado Oliver Cromwell se disponía a
abandonar Inglaterra rumbo a América del norte. En torno a 1638 había experimentado
una profunda conversión religiosa que le había llevado a entrar en las filas
del puritanismo, y deseaba practicar su fe con libertad, algo que parecía
difícil en una nación donde la iglesia anglicana se deslizaba crecientemente
hacia patrones católicos. Se hallaba en esa tesitura cuando recibió la visita
de algunos correligionarios que le instaron a permanecer en suelo inglés.
El parlamento -disuelto en 1629 por el rey Carlos I- iba a
ser nuevamente convocado, ya que el monarca necesitaba dinero para reprimir la
rebelión escocesa. A juicio de los puritanos, Cromwell, que había sido
parlamentario desde 1628, debía presentarse a las nuevas elecciones. Cromwell
aceptó, fue elegido y desempeñó un papel activo en el impulso de normas que
garantizaban la libertad de pensamiento y la no disolución del parlamento. Sin
embargo, el monarca no deseaba que el parlamento se convirtiera en un organismo
que pudiera limitar su poder regio y procedió a disolverlo.
Esta vez los parlamentarios no estaban dispuestos a
consentir aquella manifestación de despotismo y se alzaron en armas. No deja de
ser significativo el programa de los rebeldes -en su mayoría puritanos- porque
contrasta con los de otras revoluciones y es muy similar al de los insurgentes
de Norteamérica en el siglo XVIII. No buscaban implantar una sociedad utópica
sino que, por el contrario, pretendían que quedaran garantizados más allá de
cualquier veleidad algunos derechos elementales como la libertad de conciencia
y expresión, o la propiedad privada. Sus aspiraciones podían parecer modestas,
pero hicieron más por el avance de la democracia que cualquier otro movimiento.
Inicialmente, Cromwell se limitó a formar una fuerza de caballería, que obtuvo
un notable éxito en Marston Moor (1644). Fue entonces cuando se percató de la
necesidad de formar un nuevo tipo de ejército (New Model Army) en el que los
soldados no tuvieran miedo de los hombres, sino temor de Dios, y donde se
elevaran oraciones a la vez que se mantenía seca la pólvora.
Sustentado en la coherencia y en la igualdad social, el
ejército de Cromwell logró una victoria decisiva sobre Carlos I en Naseby
(1645). La derrota del monarca llevó a los puritanos a intentar forzar el
reconocimiento de algunos derechos, como la regularidad de las convocatorias
para elegir el parlamento o la libertad de conciencia. Sin embargo, aunque
vencido en el campo de batalla, Carlos I no se veía derrotado. Hasta 1647
intentó dividir a las fuerzas parlamentarias y entonces, de manera inesperada,
huyó con la intención de volver a encender la llama de la guerra civil ayudado
por Escocia y, a ser posible, por otras potencias extranjeras como Francia y la
Santa Sede. La respuesta de Cromwell fue fulminante. En 1648 derrotó a los
escoceses en Preston, lo que les convenció de abandonar a Carlos I a su suerte
y entregarlo a los parlamentarios.
Para Cromwell, Carlos I ya no era un monarca sino un
traidor a la patria y como tal fue juzgado y ejecutado en enero de 1649. Era la
primera vez que sucedía algo semejante y la medida estuvo sujeta a una gran
controversia. Sin embargo, la muerte de Carlos I y la proclamación de la
república no pusieron fin a la guerra. Los realistas fraguaron una alianza con
la Santa Sede y se dispusieron a invadir Inglaterra desde Irlanda. La respuesta
parlamentarista fue desembarcar en Irlanda en 1649 y aplastar a los adversarios
de la república con mano de hierro. Se trató de un conflicto durísimo que había
sido precedido por las matanzas de colonos ingleses en 1641 y que después sería
recordado por los nacionalistas irlandeses.
Sin embargo, Cromwell se limitó a seguir los protocolos
militares de la época e incluso mandó ejecutar a los que desobedecieron sus
órdenes de realizar requisas justas y previo pago. En 1650 Cromwell abandonó
Irlanda y se dirigió a Escocia donde los realistas habían proclamado rey a
Carlos II, hijo del monarca ejecutado. Cromwell simpatizaba con los escoceses,
que también eran puritanos, pero su resistencia terminó con el estallido de un
conflicto en el que Cromwell se impuso tras las victorias de Dunbar (1650) y
Worcester (1651). La posibilidad de restaurar la monarquía se disipaba y los
escoceses no se resintieron de un gobierno que sustentaba sus mismas ideas.
Restaba estabilizar la situación interior. Cromwell intentó
que el parlamento fijara una regularidad para sus reuniones y que garantizara
derechos elementales, pero sus miembros se negaron. Frustrado, Cromwell lo
disolvió en 1653.
En los pocos años de gobierno que le quedaban, derrotó a
los holandeses, garantizando el dominio del mar para Inglaterra, y venció a la
flota española, alejando para siempre la amenaza de una invasión católica.
Cuando murió, en 1658, Inglaterra era una potencia de primer orden. Al
producirse la restauración monárquica, el cadáver de Cromwell fue profanado,
decapitado y exhibido. Hoy, sin embargo, frente al parlamento británico se alza
una estatua en su honor recordando su defensa de las libertades.
El poder de la infancia, un cuento donde León Tolstoi
(1828-1910) muestra a la masa del pueblo reaccionando furibunda ante un
condenado a muerte, mientras este transita hacia el patíbulo. Solo la
intervención del hijo del reo lo salva de una muerte segura cuando conmueve a
la turba para que pida el indulto.
La compasión logra el balance de poder entre las fuerzas
del estado y los rebeldes, quienes en último momento perdonan al guardia que
apoyó al ejército contra ellos la noche anterior. La aparición del hijo,
huérfano de madre disuade a la masa de su instinto criminal, retoman el sentido
de la justicia natural, porque sin moderación la justicia popular comete
excesos ya que es apasionada e impulsiva.
En este cuento ejemplifica el lado humano de la turba y el
individuo, ambos posibles de comunicarse aún en el reinado del odio. El ajusticiamiento
del reo sería prolongar la muerte por la soberbia del poder y el triunfo,
mientras que el perdón es un acto que permite continuar la vida de acuerdo al
orden y derecho naturales, presentes en la conciencia de todo ser humano.
Por el otro lado, el cuento de Mark Twain (1835 – 1910), La ficha de la muerte, transcurre en la
época de Oliver Cromwell, y es una historia dulce y sensible acerca del poder
de una niña de convencer a un general de cambiar la sentencia que ejecutó en contra
del padre de la pequeña, demuestra que la pena de muerte es un castigo aún
aplicado en algunos países y nos hace reflexionar sobre ella, haciéndonos dudar
sobre esta punición ya que siempre se cuestiona a quien se le esta aplicando y
si seria bueno o no.
Ambos cuentos presentan como la inocencia jamás perdida de
la personas y la comunicación pudo haber cambiado el rumbo que se llevo en cada
contexto histórico respectivo en que se inspiran las historias, pues rara vez
el ser humano ha buscado una solución a los miles de conflictos que le rodean
por medio del habla ya que se piensa que un acto más fuerte dará un impacto más
grande y se hará un grito en los oídos de los corazones de los receptores.
Estos dos escritores buscaron mostrar lo contrario, donde se exponen los emisores
que buscan un perdón y un arreglo de forma pasiva y a personajes que les
escuchan, comprendiendo que no todo se puede hacer bruscamente.